Enero de 2026 - Día a día, cientos de autos particulares, minibuses, micros, motorhomes y motos con viajeros que llegan desde los cinco continentes recorren unos 80 kilómetros que separan a la ciudad de El Calafate, en el extremo suroeste de la Argentina (allí donde la Cordillera de los Andes inicia su curva final para terminar hundiéndose en el Océano Atlántico) y las pasarelas del Glaciar Perito Moreno, declarado Patrimonio de la Humanidad.
La ruta que muestra todos los días ese variopinto desfile de turistas es la número 11 y bordea por el Este las aguas turquesas del Lago Argentino, serpenteando entre los colores amarillos de la estepa; las matas de espinosos calafates (la planta que le da nombre a la ciudad) y algunos galpones de estancias que supieron ser eje de la actividad ganadera ovina y hoy muestran también su costado turístico.
A medio camino entre la ciudad y las pasarelas del glaciar hay un hotel de lujo, en el Cerro Frías: ubicado en una altura con privilegiadas vistas, allí se alojaron estrellas de cine como Scarlett Johanson y Robert De Niro, que pudieron cabalgar por los campos adyacentes en absoluta soledad, azotados por los vientos del Oeste que nunca dejan de soplar y disfrutando de un paisaje de aguas turquesas, picos nevados y el salvaje aire de la estepa desértica.
La contracara de los folletos
Todo esto lo cuentan los folletos turísticos y los guías políglotas que hacen su trabajo en estas regiones. Sin embargo, a menos de 5 kilómetros de esa ruta pavimentada, recostada en las laderas de la cadena de cerros ubicada al Este del Lago Argentino, corre en paralelo a la Ruta 11 otro camino, la Ruta 15, conocida como "camino viejo al Glaciar". Es un camino ancho, de ripio bien mantenido, donde hay muy pocos autos de turistas, y prácticamente ningún minibus o micro. Une los barrios altos de El Calafate -donde se concentran los talleres de micros, casas de repuestos y un incipiente sector "industrial" en el que básicamente se brindan servicios logísticos- con la estancia Nibepo Aike (Ni de Niní; Be, de Beba; Po, de Porota, los apodos de las hijas de los dueños históricos de la estancia), el último enclave humano del lado argentino antes de los inaccesibles pasos montañosos que comunican con Chile. Son unos 50 kilómetros imponentes, en donde los espejos de agua permiten ver, esporádicamente y entre lomas y bajadas, a lo lejos, la masa del Glaciar Perito Moreno.
A medio camino de esa ruta aparece, sobre mano izquierda yendo desde El Calafate, un establecimiento ganadero típico de la región: un gran galpón de esquila de ovejas, con sus instalaciones anexas y un bien conservado y mantenido acceso, de un blanco inmaculado en su paredes y un techo verde que resalta en la ladera de tonos ocres, entre el verde de algunos árboles centenarios.
No hay turistas internacionales en el lugar. Sólo sopla el viento. Y en el día en que RAFAELA NOTICIAS visita el lugar, no hay una sola nube en el cielo: allá se ven, al sur, los picos nevados y apenas un kilómetros más al Sur los conocedores podrán identificar, entre los desniveles del terreno, una pequeña porción del glaciar que mueve el interés de propios y extraños. Pero acá, en el costado de la desierta Ruta 15, un gran arco sobre el portón identifica al establecimiento: Estancia Anita.
En ese galpón que se ve al fondo, en la jornada del 7 de diciembre de 1921, deliberaban más de un centenar de peones rurales que venían manteniendo un duro conflicto -desde el año anterior- con los estancieros -en su mayoría de capitales ingleses- y latifundistas patagónicos nucleados en la Sociedad Rural de Río Gallegos. Hostigados por una unidad del Ejército comandada por el teniente coronel Héctor Varela, perseguidos a lo largo de cientos de kilómetros de heladas estepas, masacrados periódicamente por pelotones de fusilamiento (como en Pico Truncado, como en Gobernador Gregores), deliberaban sobre si entregarse o seguir resistiendo.
"Pegarle cuatro tiros"
En la penumbra del galpón de esquila de Estancia Anita, los peones rurales seguían debatiendo entre rendirse o seguir la lucha. Entre los que pregonaban la necesidad de seguir con la protesta se encontraba uno de los líderes de la huelga, Antonio Soto. Arengando a sus pares, los exhortaba a no aflojar. En el mismo cerro donde un siglo después las estrellas de Hollywood cabalgaron para disfrutar de unos días de intimidad, había otros jinetes en aquél turbulento diciembre. Eran soldados del Ejército Argentino. Los turistas del siglo XXI desconocen que esas alturas, entre las cuales discurre un río que se llama Centinela, lo mismo que el cerro ubicado enfrente del portón principal de Anita, deben su nombre -"Centinela", precisamente- a la función de los soldados que desde esas alturas controlaban con sus largavistas los movimientos de los peones rurales "amotinados" -según la jerga militar- en Estancia Anita.
Los peones no sabían la orden terrible emanada del teniente coronel Varela. El militar, enviado por Hipólito Yrigoyen -de quien se consideraba amigo- a reprimir las protestas, había sentenciado sin miramientos: obrero que se entregaba debía ser fusilado. "Pegarle cuatro tiros", era la orden. En Gregores, a 400 kms. de El Calafate, la orden se cumplió en un cañadón, hoy llamado el "Cañadón de los Muertos", en las afueras de ese pueblo ubicado en el centro geográfico de Santa Cruz. En Estancia Anita, el tronar de los fusiles se escuchó ahí nomás, a pocos pasos del galpón donde se había hecho la asamblea.
Los más de 100 peones que se entregaron -se estima que fueron fusilados entre 100 y 200 peones, aunque el número no es preciso- fueron pasados por las armas a unos 200 metros del galpón de esquila, contra unas piedras grandes que se recuestan en las laderas de los cerros.
No hubo sobrevivientes. O sí: Antonio Soto, convencido de que a los que se quedaran los esperaba la muerte y finalmente resignado a no poder convencer a los peones de que entregarse era la peor opción, fugó con otros siete fieles seguidores hacia los difíciles pasos montañosos. Se perdió en las montañas, en dirección a Chile.
Hoy, el lugar donde se consumaron los fusilamientos es conservado -a medias y con el esfuerzo de una comisión local de El Calafate dedicada a honrar la memoria de las huelgas patagónicas y sus víctimas- y es un sitio de Memoria, Verdad y Justicia que puede recorrerse en silencio, sólo con el sonido imperturbable del viento, imaginando apenas los pesares y dramas de aquellos días trágicos. Una cruz negra, en la piedra sobre la cual se recostaron las espaldas de los fusilados, se destaca en el paisaje agreste de la estepa. Parecen resonar en el aire las palabras que se leen en la entrada, extraídas del recuerdo de uno de los soldados ejecutores: "sí, yo fusilé. Recuerdo, a ocho huelguistas. Uno era un alemán a quien el primer tiro no lo mató. Se señaló un botón en el pecho de la chaqueta y dijo 'apunten acá'. Antes, le había dado la mano a un compañero despidiéndose..."
El anarquista vengador
Osvaldo Bayer eternizó la historia en La Patagonia Rebelde. Llevada al cine, el recordado Héctor Alterio encarnó al teniente coronel Varela, en uno de sus papeles consagratorios. Mucho antes que eso, apenas dos años luego de la masacre, un anarquista alemán, Kurt Wilckens, hizo realidad el destino de los que "a hierro matan": dos años después de la matanza, esperó al teniente coronel Varela en la puerta de su casa en Buenos Aires y mientras Varela -que aguardaba su promoción a coronel, demorada porque ya los ecos de la fusilería represora de la Patagonia avergonzaban al gobierno- salía a la calle, lo sorprendió con una bomba casera que estalló entre las piernas de Varela. El militar, herido en las piernas, se abrazó a un árbol e intentó repeler la agresión, pero Wilckens, que también estaba herido por la explosión, le disparó dos tiros que terminaron por matar al mayor responsable de la masacre de los peones patagónicos.
Wilckens terminó preso en la Penitenciaría Nacional, donde a su vez fue asesinado por un antiguo discípulo y admirador de Varela (a cuyo velatorio asistieron el presidente Yrigoyen, que sólo se retiró cuando a la capilla ardiente llegó quien sería su sucesor en la Presidencia, Marcelo T. de Alvear). El asesino de Wilckens se hizo pasar por loco -con la anuencia de las autoridades- y purgaba su condena en un cómodo alojamiento dentro de un establecimiento reservado a enfermos mentales, separado de los verdaderos pacientes. No pudo escapar al sino trágico de la saga: también murió asesinado, en este caso por uno de sus propios colaboradores, convenientemente sobornado por un anarquista ruso.
Estancia Anita, hoy
En la actualidad, la Estancia Anita sigue siendo un establecimiento ganadero de primer orden en la región de El Calafate. En sus campos pastan no sólo ovejas, sino también algunas cientos de cabezas de razas vacunas de carne. Pertenece a la familia Braun, propietaria de La Anónima, una empresa nacida en los albores del siglo XX justamente en la Patagonia argentina y que tiene una fuerte presencia en toda la región, desde la cual se expandió al resto del país, incluida Rafaela, donde tiene supermercados de la cadena nacional que la identifica en todo el país.
No hay turistas en Estancia Anita. En los muchos recorridos que se ofrecen al turismo internacional que pasa por El Calafate no hay carteles que inviten a visitar uno de los escenarios principales de La Patagonia Rebelde. La inmensa mayoría de los visitantes del maravilloso glaciar Perito Moreno desconocen que ahí, en una curva vecina al río Mitre, en una salida apenas señalizada -"Camping Lago Roca - 30 kms"- está también el camino de apenas 5 kms. que lleva a uno de los sitios en la que se escribió una parte dolorosa de la historia de las luchas obreras en la Argentina. A la vista, casi, de una de las maravillas más impactantes de la naturaleza se escribió el capítulo sangriento de la matanza de los peones rurales que pedían un paquete de velas por mes, un espacio de 15 metros cuadrados cada tres obreros y 100 pesos de la época, pero encontraron el final de sus vidas en la boca de los fusiles del Ejército Argentino al mando de un psicópata con rango de teniente coronel.