Tras semanas de bloqueo por el conflicto entre EE.UU. e Irán, el Estrecho de Ormuz reabre parcialmente con control militar, tasas a buques y una tregua frágil que mantiene en vilo al mercado energético.

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El Estrecho de Ormuz, uno de los pasos marítimos más estratégicos del mundo, comenzó a reabrirse de manera parcial tras semanas de bloqueo en el marco del conflicto entre Estados Unidos, Irán e Israel. La reapertura se da en el contexto de un alto el fuego temporal de dos semanas, aunque persisten fuertes tensiones geopolíticas.

Según trascendió, Irán aceptó permitir nuevamente el tránsito de buques, pero bajo estrictas condiciones: control militar del paso y la posibilidad de cobrar una tasa o “peaje” a las embarcaciones que lo atraviesen, en coordinación con Omán. Los fondos, indicaron fuentes vinculadas a las negociaciones, se destinarían a la reconstrucción del país tras los ataques recientes.

Este esquema introduce un cambio significativo en el funcionamiento de la vía, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial, lo que genera preocupación en Europa y Asia, altamente dependientes de ese flujo energético.

Durante el bloqueo, el tránsito marítimo cayó drásticamente y llegó casi a paralizarse, provocando un fuerte impacto en los mercados internacionales. En los últimos días, sin embargo, comenzó a registrarse una recuperación gradual, con algunos buques autorizados a cruzar bajo acuerdos específicos con Teherán.

La reapertura responde también a presiones internacionales. Estados Unidos condicionó el cese de ataques a la apertura “segura e inmediata” del estrecho, mientras que la Unión Europea instó a garantizar la libre circulación para evitar una crisis energética global.

Aun así, la situación dista de estar resuelta. Funcionarios estadounidenses y europeos advierten que la tregua es frágil y que el control iraní del paso —junto con la eventual implementación de tarifas— podría consolidar un nuevo escenario de poder en la región.

En este contexto, el Estrecho de Ormuz se reafirma como un punto crítico del equilibrio global: su apertura no solo depende de acuerdos diplomáticos volátiles, sino también de una compleja disputa por el control de una de las arterias energéticas más importantes del planeta.

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