La esquina de 25 de Mayo y Moreno es, desde hace décadas, la “esquina del Correo”, un punto de referencia ciudadana que ni siquiera logró ser desplazada en la memoria colectiva de los rafaelinos por la irrupción de los helados industriales, ni por la sucursal bancaria que funciona enfrente.
La “esquina del Correo” ofrece en estos días un aspecto penoso. Para empezar, no hay carteles identificatorios de la empresa estatal. Los que había hoy soy un reflejo de la crisis: una estructura metálica desnuda, con tubos fluorescentes que ya no iluminan a la vista, colgajos plásticos de lo que alguna vez fue la imagen corporativa de la empresa. Paredes invadidas por el moho de la humedad, otro cartel identificatorio completamente desteñido, y nula iluminación, salvo por las farolas públicas, que a veces no logran superar el follaje de los árboles y convierten a la zona en una postal oscura de un pasado que fue mejor, al menos en este caso.
¿Significa esto que el Correo Argentino está inactivo? Para nada. El negocio cambió sustancialmente. Ya no fluyen cartas y envíos postales, reemplazados por la tecnología y la instantaneidad que ofrecen los correos electrónicos, las aplicaciones y las herramientas de comunicación en redes. Pero en pleno auge de las compras electrónicas, el flujo de paquetes y encomiendas es incesante y aunque también ese mercado está atravesado por la recesión, sigue siendo una fuente de mucho movimiento y, lo que es más importante, una ventana de proyección hacia el futuro: el Correo Argentino sigue siendo, y lo será en el futuro inmediato, un bocado que los poderosos querrán para sí. Como sucedió en los ’90.
En el mientras tanto, el gobierno nacional quiere empezar de una vez con el proceso de desguace de todo lo que considera “intromisión” estatal en el terreno de los privados. Y el Correo Argentino está en la línea de fuego, entre las primeras joyas de la abuela que la administración quiere poner a la venta. El ejemplo de lo sucedido en los ’90, con un escándalo de vaciamiento, corrupción y estafas al erario público que más de 20 años después sigue impunes y colocó al expresidente Mauricio Macri -cabeza del grupo empresario que usufructuó el negocio sin pagar el canon correspondiente nunca- en las puertas de los estrados judiciales, no es tenido en cuenta ahora. El tiempo mata la memoria. Pero las herramientas del desarme son las mismas.
Lo que pasa en Rafaela
En la sucursal local del Correo Argentino trabajan actualmente unas 36 personas. Por lo que pudo saber RAFAELA NOTICIAS, hubo dos contratos discontinuados en febrero. Dos personas que ya no siguen trabajando. Pero hay otros 4 que cesan en junio y tampoco serían renovados.
A esta realidad se suma que algunas personas fueron reasignadas a funciones en otras zonas, algo que es habitual también dentro de la operatoria interna de la empresa.
Pero lo peor no es el achique de personal, más allá de las consecuencias que tienen para los afectados el perder el empleo. Lo más preocupante puertas adentro de la sucursal local es que faltan insumos básicos: “no tenemos tinta para las impresoras, papel para los documentos que expedimos, ni siquiera nos habilitan recursos para pagar gastos esenciales, no sé, ni biromes podemos reponer”, contó un empleado, en estricto off the record.
Claramente se nota la intención de degradar al máximo la capacidad operativa de la empresa, que es la forma más fácil de bajarle el precio. ¿Qué hace un empresario privado cuando quiere vender una compañía? Lo mismo que haría el dueño de un auto que quiere colocarlo en el mercado de los usados: dejarlo lo más “presentable” posible: limpiarlo, pulirlo, cambiarle el aceite y los fluidos que aseguran su mejor funcionamiento; retocarle algún abollón, ver que el tapizado esté prolijo y que todo luzca lo mejor posible.
En el Correo Argentino eso no pasa. Al contrario: si ya venía con casi cero nivel de inversión para mejorar las prestaciones en la gestión anterior, ahora directamente la idea que subyace es arruinarlo completamente. Que el auto usado esté sucio, con las gomas flojas, el tapizado manchado y si es posible con mal olor. Para venderlo como chatarra.
El negocio, como siempre, lo hará el comprador, que será alguno de los amigos del poder de turno.