Mientras se busca dar claridad sobre el convenio entre la Municipalidad de Rafaela y la empresa concesionaria por el estado edilicio de la Terminal de Ómnibus, una segunda parte del descargo de Hernán Gunzinger pone en el centro de la escena la experiencia cotidiana de quienes utilizan el principal nodo de transporte terrestre de la ciudad.
Porque más allá de convenios, contratos y responsabilidades cruzadas, la realidad es que la terminal que pisan a diario cientos de usuarios está lejos de responder a las necesidades actuales de viaje. Lo que debería ser un espacio de tránsito seguro, cómodo y previsible se transformó, para muchos, en un lugar que genera dudas, molestias y hasta miedo. “La gente compra los pasajes por el celular, pero viaja desde un edificio que todavía no terminó de aggiornarse a ese cambio”, reconoció Gunzinger.
Las quejas se repiten: boleterías cerradas, locales comerciales vacíos, falta de enchufes, mala señal de internet, baños vandalizados y una sensación persistente de abandono.
Servicios que existen pero no se perciben
Uno de los reclamos más frecuentes gira en torno a la conectividad. Estudiantes, trabajadores y pasajeros habituales señalan la falta de wifi estable y de puntos de carga visibles para celulares.
Desde la concesión aseguran que el servicio sí existe. “Hoy tenemos un convenio con una empresa local que nos brinda internet gratis en todo el predio de la terminal. Es un servicio que se puede usar tranquilamente para trabajos lógicos, para comunicarse, aunque no está pensado para descargas pesadas”, explicó Gunzinger.
Además, sostuvo que hay un sector de carga gratuita de celulares. Sin embargo, el contraste entre lo que se declara y lo que la gente percibe revela un problema clave: los servicios que no están señalizados, comunicados y accesibles, para el usuario no existen.
Esto no solo impacta en la comodidad, sino también en la seguridad: hoy el celular es una herramienta esencial para comunicarse, pedir ayuda, acceder a pasajes y organizar viajes.
Boleterías que dejaron de ser una certeza
La digitalización también reconfiguró el corazón de la terminal. Según el concesionario, entre el 40% y el 50% de los pasajes hoy se venden de forma electrónica , lo que provocó una caída significativa de las boleterías físicas.
“Las boleterías se nos cayeron considerablemente. Hoy la gente no tiene tanta necesidad de venir al lugar para comprar un boleto, lo hace desde la casa, desde una aplicación”, señaló Gunzinger.
El problema aparece cuando ese nuevo esquema deja afuera a quienes no manejan tecnología, especialmente adultos mayores. Muchos deben concurrir dos o tres veces hasta encontrar una ventanilla abierta.
Paradójicamente, comprar en boletería suele ser más conveniente en términos de precio. “Si hoy te acercás a las boleterías que están funcionando, vas a encontrar mejores bonificaciones que en las aplicaciones”, aseguró.
Comercios que no resisten el bajo movimiento
La postal es clara: persianas bajas, locales vacíos y una terminal con menos vida. Hoy funcionan apenas cinco o seis locales, junto a tres servicios de encomiendas.
“Nuestra terminal no es de transbordo. La gente no se queda dos o tres horas, llega, viaja y se va. Eso hace que comercialmente no sea un gran auge”, explicó Gunzinger. No hay largas esperas, ni flujos constantes de pasajeros que justifiquen una fuerte actividad comercial. A esto se suma la caída del movimiento desde la pandemia.
El resultado es un edificio grande, costoso de mantener, con poco consumo interno y cada vez menos incentivos para nuevas inversiones privadas.
El comedor que perdió su razón de ser
El comedor fue uno de los primeros en caer. Durante años vivió del paso de colectivos de turismo que entraban por la vieja Ruta 34.
La Variante Rafaela desvió ese tránsito y, sin señalización clara, los colectivos pasan de largo. El impacto no fue solo gastronómico: se perdió un circuito económico que dejaba dinero en la ciudad.
Inseguridad, vandalismo y miedo
A todo esto se suma un problema que atraviesa cada rincón del edificio: la inseguridad. “Estamos hablando con el Ministerio de Seguridad de la provincia, porque nosotros evaluamos, que cada vez se van sumando más menores y no tan menores dentro de la terminal y roban. Te doy un ejemplo, en la parte de los baños te roban todas ‘arandelitas’ y demás cosas de bronce para después, estimo yo, venderlas”.
Según la concesión, personas en situación de calle se instalan en la terminal, se producen robos, destrozos y situaciones de intimidación. Los baños son uno de los puntos más golpeados.
Ni la concesión ni la GUR tienen facultades para intervenir. Por eso, el reclamo es concreto: policía las 24 horas, como en otras terminales provinciales. “Con ese control de policía las 24 horas, vamos a salvar mucho estas cosas, porque yo veo y la gente nos consulta y me dice ¿qué pasa con estos chicos que están afuera que te amenazan por si no le das alguna dádiva o te piden limpiarte el auto y demás cosas?”, agregó Gunzinger.
La terminal, junto con el hospital, es uno de los pocos edificios públicos abiertos todo el día. Eso la convierte en refugio, pero también en un espacio vulnerable.
Atrapada entre dos tiempos
La gente compra pasajes desde el celular. Pero viaja desde un edificio que no se actualizó al ritmo de esa digitalización.
Servicios poco visibles, boleterías retraídas, locales vacíos e inseguridad conviven en un espacio que hoy parece haber quedado fuera de época. Mientras municipio y concesión discuten convenios, deudas y obras, los usuarios siguen esperando una terminal que esté realmente conectada con la ciudad que dicen representar.