La elección que no fue —ni será— de las autoridades de la Federación de Entidades Vecinales, por la presentación de una sola lista, está lejos de representar una señal de consenso y unidad dirigencial; más bien, todo lo contrario. La grieta sigue más abierta que nunca entre los presidentes barriales y nada parece indicar que la situación vaya a cambiar, al menos en el corto plazo.
La nómina encabezada por Marisa Botto (barrio Mosconi) y Martín Tuninetti (barrio 17 de Octubre), que aglutina a varios presidentes de tendencia oficialista o con algún vínculo con el Ejecutivo, es la prueba de que dicha formación contaba con el guiño explícito del viotismo, en contraposición con la opción que terminó claudicando, liderada por Daniel D’Eramo y Alberto Gauchat, cuya lista finalmente no se presentó a último momento, cuando se aseguraba que tenía todo cerrado. Si bien estos dirigentes intentaron, hacia afuera, bajar el tono de lo ocurrido para evitar un escándalo mayor, hacia adentro el clima es de absoluta ebullición. Algunos de ese espacio no dudan en hablar de “traidores” al referirse a los presidentes barriales que integraban esa lista opositora y que, el mismo día del cierre de presentaciones, decidieron bajarse alegando motivos que no convencieron a nadie. Entre esas deserciones hubo dirigentes que venían apoyando a D’Eramo y otros que habían asegurado que “no iban a jugar”, pero que finalmente terminaron conformando la lista “ganadora”. Estas bajas concluyeron por dinamitar la nómina de D’Eramo, que no logró reunir los 14 miembros necesarios para oficializarse. Desde el riñón de la lista caída apuntan a presiones políticas directas del Ejecutivo, que nunca dejó de monitorear de cerca los movimientos de la Federación.
Sin embargo, del otro lado de la grieta las acusaciones son de igual calibre: desde el espacio que conducirá la Federación aseguran que la política partidaria metió la cola desde la oposición, señalando presuntos llamados de un concejal a la lista de Botto para que algunos integrantes declinaran su postura y apoyaran a la nómina contraria. Lo cierto es que la conformación de esta nueva conducción deja un esbozo de sonrisa en los despachos de Moreno 8, donde se vivió como una victoria, pero también será una herida interna difícil de cicatrizar en un vecinalismo que continuará tensionado.
La nueva Federación tiene como primer desafío la necesidad de consolidar su propia tropa. Las últimas gestiones presentaron comisiones directivas que se fueron desgranando con el paso de los meses debido a las diferencias internas y a la injerencia externa de la política, que siempre termina fragmentando los grupos. Lograr perdurar como un bloque de trabajo compacto, con un proyecto definido y propuestas claras, es la tarea inicial antes de intentar tender cualquier puente hacia el otro lado de la grieta. En paralelo, la relación con el poder político será otro punto de tensión. En la antesala de un año electoral, el equilibrio entre diálogo y autonomía será determinante. La conducción que encabezan Botto y Tuninetti llega con experiencia en la gestión barrial y apertura al intercambio público, pero ahora deberá demostrar capacidad para sostener esa postura en un escenario más complejo, donde las tensiones serán mayores.
El oficialismo puede haber celebrado este resultado como un avance, pero el tiempo dirá si se trató de una victoria real o apenas de un movimiento inicial en un tablero mucho más inestable. Porque en el vecinalismo rafaelino todo está, como siempre, por verse.