El pasado jueves 10 de abril, en la Catedral San Rafael, se celebró la Misa Crismal, una de las ceremonias litúrgicas más significativas del calendario católico, presidida por el obispo diocesano Pedro Torres y concelebrada por el presbiterio de la diócesis de Rafaela. La celebración se realizó ante una gran concurrencia de fieles, en el contexto del aniversario de la creación de la Diócesis de Rafaela, formalizada por el papa Juan XXIII el 10 de abril de 1961.       ¿Qué es la Misa Crismal?   La Misa Crismal se celebra tradicionalmente el Jueves Santo por la mañana en la catedral de cada diócesis, pero en Rafaela, debido a su amplia extensión geográfica —que abarca los departamentos Castellanos, San Cristóbal y 9 de Julio—, desde hace años se realiza el jueves previo al comienzo de la Semana Santa. Esta misa tiene un carácter profundamente simbólico y pastoral: es una de las pocas ocasiones en el año en que se reúnen todos los sacerdotes de la diócesis para concelebrar con su obispo. Durante la celebración, los presbíteros renuevan públicamente sus promesas sacerdotales, reafirmando su vocación de servicio a Dios y al pueblo. Crédito: Pastoral de la Comunicación de la Diócesis de Rafaela   Uno de los momentos más significativos de la misa es la bendición de los santos óleos y la consagración del santo crisma. Estos aceites sagrados se utilizan a lo largo del año en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, la Unción de los Enfermos y la Ordenación sacerdotal, así como en la consagración de templos y altares. Se trata de una celebración única, que expresa la comunión entre el obispo y sus sacerdotes, y visibiliza el rostro sacramental de la Iglesia. Una homilía con sabor a bienaventuranzas Durante la homilía, el obispo Torres invitó a los presentes a mirar la pila bautismal ubicada en el templo, desde la cual, a lo largo de la historia, más de 45.000 rafaelinos han recibido el sacramento del Bautismo. Haciendo referencia al simbolismo de esta pila —de ocho lados, como el antiguo baptisterio de San Juan de Letrán—, explicó que el número ocho representa el nuevo comienzo, el octavo día en que resucitó Jesús, y también remite a las bienaventuranzas proclamadas por Cristo en el sermón de la montaña. “El bautismo nos hace hijos de Dios, nos introduce en un estilo de vida que se orienta por las bienaventuranzas. No son solo frases bonitas, sino una propuesta de felicidad que puede parecer desconcertante: felices los pobres, los que lloran, los perseguidos. Son palabras que hay que leer en clave pascual, desde la cruz y la resurrección”, expresó el obispo. Crédito: Pastoral de la Comunicación de la Diócesis de Rafaela   En este sentido, recordó que “las bienaventuranzas no anulan los mandamientos, sino que los llevan a plenitud, marcando un camino de vida que se diferencia del mundo competitivo y superficial”. “Dios nos quiere felices y plenos” En un tono cercano y pastoral, monseñor Torres llamó a redescubrir el bautismo “como una fuente que se enciende cuando dejamos que resuene el sueño que Dios tiene para nosotros”. Y remarcó: “Dios nos quiere felices, plenos, y nos dice: no se mientan, la felicidad no está en el tener ni en el competir, está en tener un corazón puro que puede contemplar a Dios”. Además, en el marco de este año pastoral dedicado a la esperanza, el obispo retomó una imagen de san Antonio de Padua, quien decía que “la esperanza es como el aceite: suaviza, sana y consuela”. Los óleos consagrados durante la misa son, según expresó, “semillas de esperanza” que acompañan la vida de los fieles en sus momentos más importantes: el nacimiento a la vida cristiana, la confirmación en la fe, la sanación del alma y del cuerpo, e incluso el paso a la vida eterna. Crédito: Pastoral de la Comunicación de la Diócesis de Rafaela   Un signo de unidad y misión La Misa Crismal es también un testimonio visible de la unidad de la Iglesia diocesana en torno a su pastor. Al renovar sus promesas, los sacerdotes expresan su compromiso con la misión evangelizadora, el servicio a las comunidades y la vivencia fiel del Evangelio. En tiempos de incertidumbre, la liturgia crismal en Rafaela se vivió como un momento de profunda esperanza, renovando no solo las promesas sacerdotales, sino también la fe de todo el pueblo de Dios. Una fe que nace del bautismo, se nutre en la comunidad y florece en las obras de amor.