Los experimentados sabuesos de la Policía de Investigaciones ya le venía siguiendo los pasos con lupa. Como quien arma un rompecabezas sin tapa, hilaba escenas dispersas que, con el correr de las semanas, empezaron a encajar. Este miércoles, en una sala sobria del edificio de Tribunales de Rafaela, el tablero se completó: el juez Javier Bottero le dictó prisión preventiva.
César Escala, más conocido en los márgenes de la ley como “Churro”, llegó esposado, escoltado por un agente policial que lo condujo sin apuro hasta su asiento. No era su primera vez en esa sala. Ni la segunda. Ya fue declarado reincidente en tres oportunidades, y la historia que lo trajo de nuevo ante la Justicia parecía un compendio de viejas tácticas con nuevos escenarios.
Su defensora pública, Georgina Allasia, tomaba nota mientras el fiscal Guillermo Loyola desplegaba con precisión quirúrgica un mapa compuesto por 11 hechos delictivos. La mayoría ocurrieron en Rafaela, aunque el listado de delitos no es nuevo ni reciente: lleva años escribiendo capítulos en paralelo a las causas que lo alcanzan.
Todo comenzó con una seguidilla de robos que puso en alerta a comerciantes del centro. Un hombre entraba a los locales como cualquier cliente: miraba, preguntaba, ganaba tiempo. Y cuando el momento era el justo, desaparecía con lo que podía: una caja registradora, un teléfono, el efectivo de la jornada. Así ocurrió en locales ubicados en Buenos Aires al 400, en la esquina de Tucumán y San Martín, y en Belgrano y Córdoba. También se lo señala como el autor de robos en comercios de calle Chacabuco y en Lavalle. En todos los casos, una motocicleta negra era la escena de fuga.
Las cámaras del Centro de Monitoreo Urbano aportaron las primeras pistas. Con esas imágenes, Loyola encomendó a la PDI una serie de allanamientos: uno en calle C. Núñez al 20 y otro en Rosario Vera Peñaloza, barrios Villa del Parque y Jardín respectivamente. Allí encontraron a Escala. También hallaron prendas que coincidían con las que se veían en los videos y un reloj de pulsera que sería, más tarde, clave en la reconstrucción del modus operandi.
Pero lo que parecía un arresto por hechos recientes se volvió rápidamente una pieza central en otras investigaciones abiertas. La División Complejas de la PDI lo asoció a al menos dos episodios más, hasta entonces sin resolver.
Uno ocurrió el 18 de abril. Un joven ingresó a un local de venta de celulares en barrio Guillermo Lehmann. Pidió ver dos modelos nuevos —un Redmi Poco C75 y un Redmi 14C—, fingió retirarse y regresó a los segundos, llevándoselos en un movimiento veloz. El otro fue el 23 de mayo, en Saavedra al 200. Una mujer fue abordada por un motociclista sin patente que le arrebató la cartera con documentos y un iPhone 14.
Otros hechos también lo tienen como protagonista. O al menos como sospechoso, algunos con más pruebas que otros: por ejemplo, a principios de abril pasado, lo detuvieron cuando, junto a otros dos sujetos, desarmaban una moto denunciada como robada. En otro episodio, una requisa a su casa encontró una cartera y un microondas también robados. La lista sigue.
El fiscal detalló que los rostros, los gestos, incluso la dinámica, eran idénticos. Las cámaras privadas reforzaron lo que las víctimas no dudaron en señalar: era el “Churro”.
Y aún había más. Días después del arrebato en calle Saavedra, la familia de la víctima encontró un sobre en la puerta de su casa. Dentro, la billetera con algunos documentos y una nota anónima: si querían recuperar el teléfono, debían pagar un rescate. El mensaje fue enviado desde uno de los celulares robados en barrio Lehmann. Al rastrear el IMEI —el identificador único del dispositivo—, se descubrió que estaba vinculado a un número de teléfono cuya titular es una persona cercana a Escala.
Con todo ese entramado, Loyola solicitó la prisión preventiva. La defensa propuso medidas alternativas, pero el juez fue categórico: las pruebas reunidas por la fiscalía eran “contundentes y verosímiles”, y alcanzaban para presumir que Escala estuvo involucrado en los hechos.
El “Churro” intentó esbozar una explicación. Dijo que no fue él, o que tal vez sí o una mezcla de ambas o que fue culpa de la droga, pero que necesitaba una nueva oportunidad. No convenció. Fue trasladado a la Alcaidía de la Jefatura de Policía, donde permanecerá detenido mientras la investigación continúa.
Afuera, la ciudad volvió a su rutina. Pero en los pasillos de Tribunales quedó una certeza en el aire: la historia de Escala sumó otro capítulo, aunque esta vez, no fue él quien lo escribió. Lo hizo la Justicia, con el sello indeleble de los hechos.