La nutricionista Virginia Borga explicó las diferencias entre el hambre fisiológica y la emocional, dio consejos para controlar el “snackeo” y advirtió sobre los excesos vinculados al estrés.

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En un nuevo espacio de bienestar, la nutricionista Virginia Borga abordó una situación cotidiana: la diferencia entre el hambre real y el hambre emocional. “Muchas veces abrimos la heladera sin tener hambre fisiológica. No es el estómago el que lo pide, es una situación emocional que tratamos de tapar con comida”, explicó. Según detalló, el hambre real aparece de manera progresiva, con señales físicas como ruidos estomacales o dolor de cabeza; en cambio, el hambre emocional es repentina y suele orientarse hacia alimentos específicos, generalmente dulces o ultraprocesados.

Borga señaló que en momentos de estrés, enojo, cansancio o incluso alegría, muchas personas recurren a la comida como forma de regulación. “No siempre buscamos placer, a veces intentamos calmar un malestar. Pero es algo momentáneo: esa sensación vuelve”, advirtió. En el caso de las mujeres, indicó que durante el período menstrual pueden intensificarse los antojos de alimentos dulces debido a cambios hormonales. Además, destacó que la industria alimentaria conoce el efecto calmante de lo crocante y lo “crunchy”, por eso abundan los productos diseñados para generar esa sensación al masticar.

Respecto a la organización diaria, recomendó mantener cuatro comidas principales y, de ser necesario, una colación saludable a media mañana o media tarde, dejando entre cuatro y cinco horas entre ingestas. “El snackeo constante puede abrir la puerta a excesos. No es lo mismo un puñado que un paquete entero”, afirmó. También sugirió que, ante un episodio de ingesta impulsiva, puede ayudar tomar una infusión caliente para distender el estómago y tomar conciencia de lo ocurrido.

Finalmente, la especialista subrayó la importancia de reconocer qué emoción dispara la conducta alimentaria. “Hay personas a las que el estrés les da por comer y a otras se les cierra el estómago. Lo importante es detectarlo y buscar otras herramientas: actividad física, terapia, hablar con alguien”, concluyó. Porque, según remarcó, la comida no resuelve el conflicto emocional de fondo, solo lo posterga.

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