Los secretos que yacen bajo el suelo de Rafaela han vuelto a la superficie, alimentados por el asombro de quienes, en pleno siglo XXI, se topan con lo inesperado. El reciente proceso de remodelación de la Recova Ripamonti ha sido el detonante principal, dejando al descubierto sótanos que parecen conectarse con conductos que desafían la lógica de una simple construcción doméstica. A esto se sumó el impactante relato de una comerciante del Bulevar Santa Fe, quien al encarar el recambio de los pisos de su local, descubrió huecos y estructuras que sugerían la existencia de una red subterránea mucho más vasta de lo imaginado.
Para desentrañar este misterio, David Ponroy, director de la Revista Satélite e investigador del tema, compartió detalles de un trabajo que le llevó tres meses de indagación y que fue publicado originalmente en 2008. Según Ponroy, la distinción entre un sótano y un túnel es fundamental: cuando la construcción traspasa los límites de la propiedad privada y cruza por debajo de una calle, deja de ser una dependencia de la casa para convertirse en un túnel propiamente dicho.
La investigación de Ponroy se basó principalmente en testimonios orales, pero encontró un respaldo documental clave en un anuario del diario El Norte de 1932. En aquel entonces, se relataba una revuelta ocurrida a fines del siglo XIX —alrededor de 1893 o 1896— encabezada por figuras como Federico Maurer, fundador del Tiro Federal. Los complotados, que se oponían a medidas impositivas nacionales, solían reunirse en un bar llamado El Mosquito, ubicado en la esquina de Sargento Cabral y Avenida Santa Fe. Según las crónicas de la época, cuando las milicias llegaron desde Córdoba para sofocar la rebelión, los rebeldes lograron escapar a través de túneles que comenzaban en esa misma manzana. Este dato es, para el investigador, el único registro historiográfico que confirma no solo la existencia de los túneles, sino también su utilidad táctica como vías de escape.
Uno de los testimonios más contundentes recogidos por Ponroy fue el de Edmundo Copetti, quien antes de fallecer relató haber caminado personalmente por estas estructuras en la década del 40 o 50. Copetti describió túneles de aproximadamente dos metros por dos metros, lo suficientemente amplios como para que una persona caminara sin dificultad. Estaban construidos con techos abovedados de ladrillo, una técnica autoportante diseñada para resistir el peso de la tierra y el tránsito superior.
De acuerdo con este relato, existía una conexión que venía desde la zona de los Grandes Almacenes Ripamonti, cruzaba la calle y llegaba hasta la esquina donde funcionaba la vieja librería Copetti. Desde allí, un conducto se dirigía en diagonal hacia el centro de la Plaza 25 de Mayo, mientras que otros ramales apuntaban hacia el Colegio San José y cruzaban la calle 9 de Julio hacia el sector donde hoy se encuentra la firma Credife. Incluso se mencionó un túnel que llegaba hasta la antigua "Cooperación" (actual supermercado La Anónima), un hecho que habría sido confirmado en su momento por el propio gerente de la entidad, quien admitió haber mandado a tapear el ingreso por seguridad.
La ubicación de estos pasadizos no se limita al microcentro. Ponroy mencionó hallazgos fortuitos en otras zonas, como en la esquina de Colón y Rivadavia (el antiguo Pinerolo) y durante la construcción de un edificio en Colón y Chacabuco. En este último caso, un obrero relató que, al realizar perforaciones para los cimientos, se toparon con un túnel que cruzaba hacia la vereda de enfrente. Sin embargo, la premura de la obra llevó a que se sellara rápidamente con cemento, una práctica común que ha contribuido a mantener estos secretos bajo tierra.
En cuanto al origen de estas construcciones, Ponroy sostiene que debieron realizarse en los albores de Rafaela, posiblemente antes de que se levantaran las edificaciones principales, ya que realizar tales excavaciones con las casas terminadas habría sido técnicamente imposible. El uso de mano de obra altamente calificada es evidente en la perfección de las bóvedas, y el material probablemente provenía de los primeros campamentos de ladrillos de la ciudad, como los que funcionaban en los terrenos donados por la familia Podio para el cementerio local.
Aunque las hipótesis sobre su uso final varían entre el escape político, el contrabando —al estilo de lo ocurrido en ciudades como Rosario o Paraná— o incluso conexiones vinculadas a la masonería debido a la filiación de los primeros líderes locales, el misterio sigue latente. Para Ponroy, lo más valioso es rescatar el testimonio de quienes vieron estas estructuras y valorar los esfuerzos actuales por recuperar los sótanos de la Recova, un patrimonio que permite entender que la historia de Rafaela no solo se escribió hacia arriba, sino también en las profundidades de su suelo.