El 24 de marzo de 1976 es una fecha marcada a sangre y fuego en la historia argentina. No por el saldo de la jornada que implicó la destitución del gobierno encabezado por María Estela Martínez de Perón, "Isabelita", que no se tradujo en un enfrentamiento cruento sino que casi fue un trámite administrativo. De consecuencias pavorosas, ciertamente.
¿Y cómo era Rafaela entonces? ¿Fue una sorpresa el golpe militar? ¿Qué se hablaba en esos días en la ciudad? ¿Quiénes eran los protagonistas de la vida social, cultural y deportiva? ¿Cómo la había afectado la inestabilidad política, la crisis económica y la violencia política eran cosa habitual?
La ciudad de otro tiempo
Lo primero que corresponde en una evocación de este tipo es referenciar cuáles eran los límites físicos de Rafaela en aquél momento, totalmente distintos a los actuales. Las avenidas Salva-Brasil eran el límite Norte de la mancha de pavimento urbano. De hecho, eran parte de la traza obligatorio del tránsito pesado: lo que hoy pasa por el Camino 5, 50 años atrás pasaba por Salva-Brasil.
Tucumán era la calle que más al Norte penetraba: hasta el Corralón Municipal, en el cruce con Ramón y Cajal. Hacia el Oeste, la calle Nicanor Álvarez -con sentido opuesto al actual- era otra vía de penetración importante, hasta la plaza de la Paz, permitiendo que por allí penetrara el transporte urbano, saliendo por Beltramino hacia Salva. Todo en el barrio "La Granja", como se lo conocía en ese entonces.
Un progreso siempre en marcha
La ruta 34 era por supuesto un límite físico insoslayable hacia el Oeste: lo que hoy son las barriadas del Martín Fierro y el Güemes eran un caserío en expansión, pero sin calles pavimentadas.
Y hacia el Sur, el límite del barrio San Martín se hacía visible en los zanjones profundos de lo que hoy es la avenida Suipacha, otra barrera física que recién se quebró en los años '80: el actual barrio Garay era un territorio totalmente descampado, aunque en "La Cruz" de Fanti y 34 ya estaba desde hacía tiempo las imponentes sedes de "Las Tres B" y el concesionario Grossi, en la actual John Deere de Remonda Castro.
Hacia el Este, el límite de la mancha urbana llegaba aproximadamente hasta Jorge Newbery. Edival, los transportes Los Rafaelinos y Los Argentinos, la cerealera de Smith y el movimiento ferroviario intenso en las vías del Mitre y el Belgrano -ambos en pleno funcionamiento, con varios servicios diarios de pasajeros y carga- marcaban el ritmo en aquella parte de la ciudad.
Mucho realizado, mucho por hacer
Pese a esos límites más o menos gruesos teniendo en cuenta los puntos cardinales, por supuesto que no toda la mancha urbana estaba completamente pavimentada.
Los márgenes signados por la pobreza no estaban ausentes y mucho se entrelazaban con las historias de militancia y lucha de aquellos años. El predio de la Sociedad Rural -que se extendía desde Alvear a Tucumán, con corrales en las dos manzanas que hoy son parte de la urbanización limitada por Tucumán, Ciudad de Esperanza, Domingo Silva y Brasil- era un mojón significativo. Hacia el Norte, el Villa Dominga y Barranquitas emergían bajo una denominación despectiva y prejuiciosa: el Bajo, tierra de "guapos" que se convirtieron en leyendas urbanas, pero donde muchas familias de trabajadores humildes crecieron y conocieron los códigos de la época.
El Bv. Lehmann "moría" en el Castillo de Foti: hacia el Norte, y hasta el autódromo, sólo una avenida de tierra, muy ancha y baja respecto a las manzanas que lo circundaban. Lo mismo pasaba con otros bulevares fundacionales: el Roca, hasta la 34; el Yrigoyen, hasta Remedios de Escalada y Luis Fanti, que por supuesto aún eran calles de calzada natural.
Pobreza y militancia
Los bolsones de pobreza se advertían en la Villa Chaqueña, frente al basural que todavía estaba en Tucumán y Maggi: casas construidas con acumuladores de autos en desuso; chapas y cartones. Se repetía el escenario en "los Bretes", detrás de la cancha de Quilmes, en lo que hoy es el sector de Buffa y Abele aproximadamente.
El panorama se replicaba en el Villa Podio, en el rancherío a la vera del zanjón de las vías del Belgrano, ramal a Córdoba. Allí hacían trabajo social y político un grupo de jóvenes vinculados a la Iglesia Católica, que desde hacía algunos años trabajaban bajo la tutela del párroco de Fátima, el presbítero Raúl Troncoso; y con la mirada paternal del obispo Monseñor Antonio Brasca: esos jóvenes fueron el principal blanco de la represión en los meses previos y posteriores al 24 de marzo: no por casualidad en la última edición previa al golpe, la del martes 23 de marzo de 1976, el diario La Opinión -que por entonces era en formato sábana y vespertino, es decir, se imprimía al mediodía y se publicaba a primera hora de la tarde- informaba sobre la detención de Troncoso, que por entonces ya no estaba en Rafaela pero era colaborador en una parroquia de Aldao. Troncoso estuvo muchos años preso, fue torturado, sobrevivió a la dictadura y murió en 2025 en Tandil, donde estaba radicado y ejerciendo su labor pastoral.
Williner todavía producía en su planta de Bv. Roca. Los Giuliani habían inaugurado su planta en la zona Norte siendo pioneros en la radicación industrial en esa zona. El Instituto Superior del Profesorado y la incipiente delegación Rafaela de la UTN eran las opciones terciarias en la ciudad, con las escuelas Normal, Técnica Guillermo Lehmann; Comercio y Nacional (más el San José y Nuestra Señora de la Misericordia) como colegios secundarios que concentraban la atención de la demanda -también ya existía la Escuela Nicolás Avellaneda, por entonces en un ruinoso edificio ubicado en el terreno que hoy ocupa la UMTE, en Bv. Lehmann- del estudiantado rafaelino.
Un intendente, un diputado nacional, un gobernador
Esa era la ciudad que en la madrugada del miércoles 24 de marzo de 1976 recibiría la noticia de que el país pasaba a estar "bajo el control operacional de las Fuerzas Armadas". El demoprogresista Virgilio Cordero era el intendente de Rafaela. Un gremialista, el secretario general de la UOM Rafaela, Héctor Bartomioli, era diputado nacional. Un estadista ejemplar, Carlos Sylvestre Begnis, gobernaba la provincia. Las aspas del helicóptero sobrevolando la Casa Rosada en la madrugada del otoño incipiente se convertían en el símbolo del fin de una época.