La dificultad para acceder a una vivienda, los bajos ingresos y la inestabilidad laboral están modificando uno de los hitos tradicionales de la vida adulta: la independencia del hogar familiar. Cada vez más jóvenes y adultos permanecen —o regresan— a la casa de sus padres, no por falta de deseo, sino por imposibilidad económica. ¿Qué efectos tiene esta realidad en la salud emocional de hijos y padres? Sobre este fenómeno social y psicológico dialogamos con Fernando Bianciotti, psicólogo, quien analizó las causas estructurales, los malestares emocionales más frecuentes y las herramientas para transitar una convivencia prolongada sin que se vuelva conflictiva. Fernando Bianciotti - Piscólogo   Una independencia que se posterga, pero no por elección   Bianciotti explicó que el concepto de independencia fue transformándose con el tiempo. “Antes se generaba un corte más claro: me independicé, me fui de la casa de mis padres y ahora soy un nuevo adulto. Hoy eso se dilata”, señaló. En ese marco, aclaró una distinción clave: “No es una falta de independencia emocional, sino una independencia material o económica la que hoy se ve postergada”. Según el profesional, esta situación no responde a decisiones individuales sino a “condiciones estructurales que se han complejizado”, como el acceso al alquiler, los costos de vida y la precariedad laboral. Culpa, vergüenza y frustración: los sentimientos más frecuentes Entre los jóvenes y adultos que desean irse de la casa pero no pueden, aparecen emociones intensas. “Los principales sentimientos son la culpa y la vergüenza, sobre todo por el qué dirán y por la mirada social de que ‘ya deberías haberte ido’ según la edad”, explicó Bianciotti.   Esa presión social puede derivar en una percepción de fracaso personal. “Si no cumplís con ese mandato, pareciera que fracasaste, que sos infantil o cómodo. Y no va por ese lado”, remarcó. La frustración también es frecuente, especialmente en quienes lograron independizarse y, por razones externas, debieron volver. “Eso puede generar una fuerte sensación de fracaso y enojo, muchas veces dirigido hacia uno mismo”, agregó. La presión social y el impacto en la autoestima Compararse con pares que sí pudieron independizarse profundiza el malestar emocional. “En el grupo de amigos o en el trabajo ves que otros alquilan, se mudan, forman su hogar, y uno también tiene ese deseo. No es falta de ganas, es falta de posibilidades materiales”, afirmó el psicólogo. Esta tensión constante entre el deseo y la imposibilidad afecta la autoestima y refuerza sentimientos de culpa y autoexigencia.   El lugar de los padres: entre el cuidado y el cansancio Desde el lado de los padres, la convivencia con hijos adultos también genera emociones ambivalentes. “Por un lado está el deseo de cuidarlos y protegerlos; por otro, aparece el cansancio”, explicó Bianciotti. Además, señaló que existe un proceso de duelo: “Hay un duelo cuando el hijo se va de la casa, y cuando vuelve puede haber otro. Aparecen preguntas como ‘qué hicimos mal’ o ‘no lo preparamos lo suficiente para ser independiente’”. Herramientas para una convivencia saludable Desde la psicología, Bianciotti destacó la importancia de redefinir roles y límites. “El hijo que vuelve no es un niño, es un adulto. No necesita controles de horarios, dinero o vínculos como cuando era adolescente”, sostuvo.   Entre las principales estrategias recomendó: Reconocer la situación real y sus motivos concretos (pérdida de trabajo, separación, fin de contrato, entre otros).Hablarlo explícitamente: “Sentarse a la mesa y decir: esto está pasando ahora por tal motivo”.Redefinir límites e intimidades: horarios, espacios, dinámicas cotidianas. “La intimidad es clave. Hay que marcar hasta dónde va la vida de cada uno y cómo se comparte la convivencia”, indicó, y agregó que se trata de revisar cuestiones finas del día a día: comidas, horarios, hábitos y preferencias. ¿Puede haber algo positivo en esta convivencia prolongada? Para el psicólogo, sí. “Toda crisis es una oportunidad”, afirmó. Y explicó que esta etapa puede permitir “conocerse desde otro lugar”: padres que descubren a sus hijos como adultos, e hijos que se vinculan con sus padres desde una lógica más horizontal.   “No se trata de volver a ser el hijito de mamá y papá. Es convivir como adultos. Esa posibilidad de conectar desde otro lado puede ser muy satisfactoria”, remarcó. Adultos mayores de 40 que viven con sus padres Bianciotti también abordó el caso de personas mayores de 40 años que aún viven con sus padres, una situación fuertemente estigmatizada. “La presión social y los mandatos culturales son muy fuertes: si no vivís solo, pareciera que no maduraste”, explicó. Sin embargo, aclaró que no hay un problema en sí mientras el vínculo sea sano: “Si hay espacios de individualidad, intimidad y encuentro, y no es una relación simbiótica o perjudicial, no hay nada malo”. El alerta aparece cuando no existe autonomía emocional. “Si para tomar pequeñas decisiones se consulta todo o no hay espacio propio, ahí sí hay que repensar qué está pasando”, señaló. Volver para sobrevivir   Finalmente, el psicólogo subrayó que, en muchos casos, regresar al hogar familiar es una cuestión de supervivencia. “Hay personas que vuelven porque falleció su pareja, porque se separaron o porque perdieron al principal sostén económico. A veces se vuelve para poder tener un techo y comida”, explicó. Esa vuelta puede ser transitoria o prolongarse en el tiempo. “A veces se soluciona rápido, otras veces se extiende. Lo importante es no castigar ni estigmatizar estas situaciones”, concluyó. La realidad de los adultos que viven con sus padres ya no puede leerse únicamente desde el fracaso individual. Se trata de un fenómeno social complejo, atravesado por la economía, los mandatos culturales y la salud emocional, que requiere comprensión, diálogo y nuevas formas de pensar la adultez. Psicólogo Fernando Bianciotti